“De todo quedaron tres cosas:
La certeza de que estaba siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir
La certeza de que sería interrumpido antes de terminar,
y hacer de la interrupción un camino nuevo
Hacer de la caída un paso de danza. Del miedo, una escalera.
Hacer del sueño un puente. De la búsqueda, un encuentro”
Fernando Pessoa

30 jul. 2012

Cómo ayudar a los hijos/as a manejar el miedo




Me ha parecido muy útil para padres y madres preocupados por los miedos que van experimentando sus hijos/as estas orientaciones que da  Enrique García Huete en su libro Aprender a pensar bien. Así que os la dejo por aquí para que podáis reflexionar sobre ello. 

"El miedo es una respuesta normal adaptativa ante un peligro. (...). Existen miedos que no nos sirven para conseguir un mayor equilibrio o que nos impiden alcanzar nuestros objetivos. Los miedos exagerados los llamaremos fobias. El miedo extremo puede paralizar. El no tener “ningún miedo” ante una situación peligrosa puede por el contrario, disminuir la atención, ser menos precavidos, no anticipar consecuencias o dejar de actuar preventivamente.

Existe siempre un grado de activación óptimo que permite afrontar riesgos. Hay personas que buscan voluntariamente situaciones de riesgo controlado, por la emoción de “sentir” ese miedo en el organismo como en deportes, de riesgo...(es una característica típica en la adolescencia). (...)Existen miedos a los que estamos preparados genéticamente. Están presentes dentro de nuestro desarrollo. Alguno de ellos se eliminan con la madurez y otros se van discriminando, concretando, para dentro de la evolución conseguir mejores niveles de adaptación. 

En los niños y niñas, los estímulos novedosos pueden producir temores, así como los extraños, los  movimientos bruscos, inesperados. Los ruidos desconocidos, la separación momentánea de los padres, la obscuridad, los personajes fantásticos desconocidos, ... estos miedos se irán matizando a lo largo del desarrollo a través de la experiencia, el aprendizaje a través de los cuentos...

Los miedos también se transmiten en la educación. Hay situaciones de peligro de nuestra civilización actual que no pueden estar previstas genéticamente, por lo tanto el aprendizaje, tiene que ofrecer la oportunidad de conocer esos peligros para poder convivir con ellos. (...)

La oscuridad es un miedo que se va controlando, de forma que mi habitación a oscuras a la hora de dormir, no tiene que suponer ningún riesgo mientras que si me quedo a oscuras en un edificio que no conozco será útil que tome precauciones para no tener un accidente.

Los padres, la familia, son transmisores de miedos. Hay muchos miedos que se aprenden por observación e imitación. Un fuerte trueno, hará que se produzca una respuesta de orientación. Si además es inesperado, puede producir un susto en las mayoría de la gente pero dependiendo de la valoración que se de a esta situación generaremos diferentes emociones y transmitiremos esas sensaciones: 

“qué horror!, ¡no soporto los truenos!, ¡me dan miedo!... Además si chillo o me escondo, aumento la intensidad de lo que trasmito y pueden llegar a ser imitadas por los niños.

Por el contrario ante una tormenta, si lo que se transmite es ¡Mira qué tormenta!, ¡Las fuerzas de la naturaleza en acción, mira qué rayo tan estupendo! ¡Buen trueno!..., estaremos transmitiendo al niño un sensación de seguridad y disfrute de la tormenta. Ojo, esto en una situación protegida. Si nos encontramos en un claro en el campo, en un sitio elevado, llevamos metal encima y están cayendo rayos o en el cauce de un río seco y llueve torrencialmente, o pescando con una caña larga,..., aunque mi opinión sobre las tormentas sea positiva, será mejor que “Tenga un poco de miedo” por las  circunstancias que rodea a esta tormenta y busque refugio o evite el peligro. 

Existen miedos sociales, transmitidos por la cultura. El miedo a personas desconocidas, de otras etnias, con otro color de piel o de otra clase social, puede haber tenido fundamentos adaptativos tribales. Actualmente por desgracia para el desarrollo de la  humanidad, existen miedos en algunos países con respecto a otras personas diferentes en creencias, color de la piel, religión o cultura. Estos miedos tienen origen en enfrentamientos reales, pero también los miedos favorecen los enfrentamientos.

Muchos miedos tienen como base la falta de información o conocimientos sesgados, incompletos o erróneos.

Cuando somos conscientes de miedos personales irracionales, es conveniente, de cara a nuestros hijos, que al mismo tiempo que expreso mi temor les ofrezcamos la idea de que son exagerados, y que no son cosas peligrosas en sí, si no que “yo tengo dificultad para controlarlo” (miedo a determinados bichos inocuos, a las tormentas leves,...).

El concepto de “tener miedo” es importante ir desarrollándolo como algo “normal” que le ocurre a todo el mundo. En un intento de preparar a los niños a afrontar situaciones ansiógenas.

Existen pautas, al igual que en la expresión de sentimientos negativos, muy marcadas por las diferencias de género, a los niños ante la expresión de temores se les dice: “no tengas miedo, un hombre no tiene miedo”, “¡échale narices!”... si el miedo se mantiene, castigamos diciendo “miedica, cobarde, pareces una niña...”. Las diferencias debidas al género, que se establecen desde temprana edad, pueden hacer que los niños tengan sentimientos de vergüenza o culpa ante las sensaciones que provocan el miedo, y las niñas, se verán sin pautas para enfrentarse a sus miedos si son considerados “propios de niñas”, se toleran sin alternativas. “Bueno, no te asustes, mamá o papá están aquí para protegerte, no pasa nada...”. 

Podemos hablarles del miedo como una sensación que nos indica peligro, como tal sensación, aunque desagradable, es “buena” en el sentido que nos advierte de los peligros. Si esta sensación es exagerada, es aconsejable acompañar o enseñar a afrontar el peligro. No pedir nunca que se hagan cosas más allá de sus capacidades, podemos reforzar el miedo y que se mantenga con más intensidad en el futuro.

Ante un perro que sabemos no es peligroso, más que azuzar al niño a que lo toque, acercarnos nosotros, tocarlo, mostrarle cómo se hace y que observe las consecuencias, animarle a tocarlo y si no quiere, no pasa nada, habrá otra ocasión, podemos ir comentando nuestra acción para generar pautas de comportamiento. “Mira, puedo acariciarlo, está contento, le gusta, mueve el rabo, le toco suave, le acaricio y le gusta...”. Cuando el niño va venciendo sus miedos es adecuado valorar su esfuerzo y avisar de consecuencias agradables. 

Podemos también prepararnos para situaciones que van a ser desagradables o dolorosas como intervenciones quirúrgicas. Un ejemplo muy utilizado y comprensible: Una persona va a ser operada de apendicitis, nunca antes se ha sometido a una intervención con anestesia total y tiene miedo.(...) Para enseñar a manejarse en los temores, es conveniente avisar de los procesos de forma objetiva. Veamos otro posible diálogo y comparemos: " Esta operación realmente es algo banal y no existe peligro. Los análisis y exploraciones que hemos hecho nos dicen que tu organismo está bien, no hay problemas respiratorios, tu corazón funciona a las mil maravillas, y la anestesia no tiene porqué afectarte. En tres días estarás en tu casa y luego volverás a quitarte los puntos". "Quiero avisarte que al despertar de la anestesia algunas personas tienen sensación de mareo o a veces puede haber algún pequeño vómito, lo que la gente dice de " echar la anestesia" eso es completamente normal. También puedes notar un cierto dolor en la cicatriz, si te molesta te daremos un analgésico, pero todo esto pasará al poco tiempo".Cuando la persona despierta de la anestesia, si nota esos síntomas, al estar ya avisado, lo considerará como "normal". Se sentirá molesto pero no angustiado."





En resumen, pautas generales :

No se debe forzar para que se enfrente a su miedo de forma directa pensando que así se le pasará.

Es preferible que se enseñe a afrontar el miedo o la situación que provoca ese miedo de forma progresiva. Anteriormente, ha aparecido el ejemplo del perro. Otro ejemplo ilustrativo puede ser el miedo a la oscuridad. En lugar de obligar a dormir con la luz apagada, lo cual puede incrementar su ansiedad, podemos ir reduciendo la iluminación poco a poco.  
Debemos transmitirles que los miedos son algo normal. 

Es aconsejable transmitirles tranquilidad y reconfortarles con nuestro cariño, besos y abrazos para calmarles. 

Durante la infancia muchos miedos son fantasiosos( temores a seres sobrenaturales) pero a medida que crecen van remitiendo. 

Los miedos van cambiando conforme van creciendo: surge el miedo a la separación de los padres y madres, a no ser aceptados, a los exámenes, etc.

Muchos miedos se aprenden por observación e imitación por lo que es importante que los adultos aprendan a gestionar sus propios miedos. 

Si el miedo o los temores son excesivos o se prolongan pueden afectar al rendimiento escolar o a la socialización del niño/a así como favorecer la aparición de otros trastornos por lo que es aconsejable acudir a un profesional.




¿Somos capaces de cambiar?

Decía Neruda  que muere lentamente quien no cambia de marca, quien no arriesga a vestir un color nuevo, quién no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no cambia lo cierto por lo incierto por ir detrás de un sueño…

Excusas para no cambiar 

Muchas personas se excusan: "Nunca me dieron cariño,  en mi familia nunca se hablaban las cosas importantes, mi padre era muy autoritario, tuve una infancia difícil, no me enseñaron a expresar mis sentimientos, yo es que soy así..."

Y puede que todo eso sea cierto, al menos, en parte, pero ¿sobre quién recae la responsabilidad de que en el presente esos comportamientos y actitudes sean siendo así?

Muchos niegan el potencial enorme que tiene el ser humano de cambiar, puesto que es es difícil para ellos aceptar que seguir siendo así es únicamente responsabilidad de uno, y no de los padres, de la infancia o del pasado.

"Me cuesta mucho pedir perdón, admitir que alguien pueda tener más razón, que me he equivocado …"

Y si nos cuesta, ¿por qué no intentamos enfrentarnos a ello como un reto? ¿ por qué no simplemente intentamos aprender a cambiar? , ¿por qué no buscar asesoramiento para  orientarnos en el proceso que requiere el cambio?

De nuevo pueden surgir más excusas:

"No tengo dinero, no tengo tiempo, no va a servir de nada, no puedo cambiar, a mi edad ya es muy difícil cambiar (cursiosamente excusa que se da a los 20 años, a los 30, a los 40...), etc."


En resumen, nos encontramos con pereza, pesimismo, resignación, conformismo, apatía , desánimo…y con excusas. 


Quien quiere hacer algo encuentra un medio; quien no quiere hacer nada encuentra una excusa.
(Proverbio chino)

Salir de la zona de confort: 

A pesar de todas las excusas puestas a los demás y a nosotros mismos, es posible cambiar hábitos, actitudes y comportamientos. Pero para ello debemos querer salir de lo que los expertos en coaching llaman zona de confort, esa zona con la que estamos tan familiarizados, en las que nos sentimos seguros, aunque a veces en ella también se experimentan dudas y sufrimiento, algo nos dice interiormente que necesitamos ese cambio.

Para ello, es importante conocernos a nosotros/as mismos/as, saber cuales son nuestros puntos fuertes, y aquellos que debemos tratar de cambiar o mejorar. A partir de ahí, trazar un plan de acción que sea realista ( no podemos cambiar nuestra estatura...) , con pequeñas metas, para ir paso a paso, creando unos hábitos y modificando nuestras creencias.



Somos dueños de nuestro destino. Somos capitanes de nuestra alma. 
Winston Churchill




10 jul. 2012

Los seis sombreros para pensar


Aprender a pensar es una de las asignaturas pendientes en nuestro sistema escolar.

Edward De Bono, psicólogo por la Universidad de Oxford, afirma que se puede aprender a aplicar el pensamiento creativo lo mismo que se aprende cualquier habilidad. 


El pensamiento creativo se centra en producir propuestas, establecer objetivos, evaluar prioridades y generar alternativas. 


Para tratar de solucionar un problema, De Bono propone examinarlo sucesivamente desde seis ángulos, pensando que esta multiplicidad aumentará la probabilidad de encontrar una buena solución.

Es como “ponerse” seis sombreros, uno detrás del otro. Los sombreros involucran a los participantes en una especie de juego de rol mental.



Los sombreros son más efectivos usados a ratos. Cuando es necesario explorar un tema completamente y de manera efectiva, se puede crear una secuencia de sombreros y después usarlos cada uno por turnos.

Desarrollar el pensamiento creativo a través de los seis sombreros es bueno porque los sombreros nos permiten:

Representar un papel. Mientras alguien en un grupo "se pone un sombrero" está representando un papel, y por lo tanto está de alguna forma liberándose de las defensas del ego, que son responsables de los errores prácticos del pensar.

Expresar sentimientos e intuiciones en una reunión sin justificaciones ni disculpas. "Esto es lo que siento".

Ser capaces de utilizar cada uno de los sombreros en vez de quedarse cerrados en sólo un tipo de pensamiento.

Dirigir la atención: "Ponerse un sombrero" implica dirigir la atención de forma consciente hacia una forma de pensar, lo cual da a cualquier asunto seis aspectos diferentes.

Cambiar el pensamiento o postura sin ofender. "¿Qué tal un poco de pensamiento de sombrero amarillo sobre este punto?"

Crear flexibilidad: Al pedir a alguien, incluso a uno mismo, que se ponga un sombrero, se le esta pidiendo que cambie de modo, que deje de ser negativo o se le está dando permiso para ser puramente emocional.

Esta técnica es usada en el mundo empresarial para tomar decisiones y en educación para fomentar el pensamiento creativo, abordar tópicos y ver temas desde distintos puntos de vista.

Aunque en nosotros predomine un tipo de pensamiento, eso no significa que no podamos adoptar otras posturas o verlo desde otros ángulos o puntos de vista cuando sea necesario.

Fíjate bien en el sombrero que llevas puesto antes de tomar cualquier decisión. El color de tus pensamientos es el color de tu posición emocional. ¿Qué piensas? o ¿Qué sientes?

El pensamiento automático sirve para encarar rutinas; 
el pensamiento deliberado, para hacer las cosas mejor.




 Fuente: Extracto de BONO, E. de. 1986 Seis sombreros para pensar.