“De todo quedaron tres cosas:
La certeza de que estaba siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir
La certeza de que sería interrumpido antes de terminar,
y hacer de la interrupción un camino nuevo
Hacer de la caída un paso de danza. Del miedo, una escalera.
Hacer del sueño un puente. De la búsqueda, un encuentro”
Fernando Pessoa

7 nov. 2012

Los comportamientos disruptivos en el aula y el papel de los docentes y las familias.

Chicos y chicas que gritan en clase, que se levantan, se sientan y se vuelven a levantar, se mueven por el aula como pequeños torbellinos mezclándose entre sí, increpan para ir al baño, se amontan en la puerta del aula exigiendo salir, exigiendo hacer otra cosa o no hacer nada, pegándose unos a otros, faltándose el respecto mutuamente y al profesorado, otros asomados a la ventana gritándoles a los del exterior... Sí, todo esto puede ocurrir, y ocurre, en un aula de un instituto y además con tres adultos en ella.



Todos estos comportamientos que llamamos comportamientos disruptivos, me hacen preguntarme: ¿Qué es lo que está fallando? Mi impresión es que los docentes de los centros de secundaria casi siempre culpan a las familias y , a veces, al sistema. Se quejan de la falta de implicación de las familias en la educación de los hijos/as y la escasa colaboración con el centro educativo. Y llevan razón la mayor parte de las veces.

Pero también espero siempre escuchar algo de autocrítica y no la encuentro. Sólo muy pocos se preguntan cómo lo puedo hacer mejor, al menos en voz alta, porque me da también la sensación de que hay bastante pudor en admitir la falta de habilidades para tratar con adolescentes y, aún más, con adolescentes que requieren un especial trato o atención por factores de diversa índole. Pudor que, por otra parte, no entiendo a que se debe, puesto que hemos de reconocer que la formación del profesorado nunca ha ido encaminada hacia tal fin aunque sí lo fueran las intenciones de muchos y muchas de los actuales docentes al cursar su licenciatura. Me estoy refiriendo a la falta de un itinerario en las carreras que haya ido encaminado al ejercicio de la docencia con materias necesarias para tratar con adolescentes y jóvenes como Pedagogía, Psicología, Inteligencia Emocional, etc. Para aquellos que se excusen en que cursaron el famoso Certificado de Aptitud Pedagógica (C.A.P.), hemos de reconocer otro gran fallo del sistema al crear un curso eminentemente teórico y genérico que no dota a los futuros docentes de las habilidades prácticas necesarias. Tampoco el actual Máster en Formación del Profesorado, ha mejorado mucho en este sentido de dotar a los futuros docentes de habilidades eminentemente prácticas.

Así pues los docentes se ven en muchos casos abocados a buscarse la vida, a aprender de la experiencia, a torear al alumnado como puedan... Pero quizá ya va siendo hora de que este colectivo continúe mejorando su formación y profesionalizando su labor como ya viene ocurriendo en otros países.

En otro lado, las familias. Las quejas de que muchas de ellas no se implican lo suficiente en la educación de sus hijos/as parecen ciertas así como la falta de colaboración con los docentes. Sin embargo, la familia es un sistema complejo, con numerosos factores sociales también a tener en cuenta.   Pero sobre todo parece que detrás está la falta de concienciación de la gran importancia del papel de la familia en la escuela, en particular, y en la sociedad en general y la necesidad de que también la familia cumpla sus funciones.

En medio de unos y otros, padres, madres, docentes..., están ellos: los y las adolescentes, el alumnado.  Ellos también sufren, tienen dificultades y emociones que no saben canalizar. Pasan un mínimo de seis horas en el centro docente, seis horas que dan para mucho, tanto dan que podemos en poco tiempo saber cómo viven, de qué tipo de familia provienen, si tienen miedos, si tienen sueños... hasta como respiran. Son ellos y ellas los que no debemos perder de vista.

Como docentes, en seis horas cada día durante nueve meses al año, podemos enseñarles a quererse, podemos motivarles para alcanzar un bienestar en la vida, la salud en su sentido más amplio, a respetarse unos a otros... El sistema obliga a enseñar  unos contenidos en Matemáticas, Lengua... pero ¿realmente esos contenidos son válidos para la vida cuando te encuentras con un grupo como el que he descrito en primer párrafo?

Enseñémosles a calmarse, a no hablar a gritos, a ser compañeros de sus compañeros, a canalizar su rabia, frustración, a aprender a ser felices y resilientes... eso primero y luego quizá puedan prestar atención, abtraerse de los problemas y la cotidianidad que les rodea... para prestar atención a cuanto acontece en el mundo.

No continuemos haciendo de la escuela un lugar como el que describe Fito&Fitipaldis en su canción La casa por el tejado:


<El colegio poco me enseñó... si es por esos libros nunca aprendo a:
Coger el cielo con las manos
A Reír y a llorar lo que te canto
A Coser mi alma rota
A Perder el miedo a quedar como un idiota
Y a empezar la casa por el tejado
A poder dormir cuando tú no estás a mi lado...>

La educación emocional es útil y necesaria, tanto en la familia como en la escuela. No trabajar estos aspectos en alguno de esos ámbitos del adolescente es como dejar coja una pata de la mesa, si en casa no se aborda esto ni en la escuela tampoco, ¿ dejamos que la mesa se caiga?

Por todo ello, es necesario dejar a un lado enfrentamientos entre familias y docentes y empezar a ser auto-críticos y colaboradores, sin perder de vista el objetivo principal: la educación de nuestros niños y adolescentes.


Puedo estar equivocada, puedo pasar muchos factores por alto y, seguramente, mi visión es una parte de la realidad, así que ¿ me cuentas la tuya? Deja tu comentario si estás de acuerdo o no, o si quieres aportar algo más...Gracias :).

Próximamente escribiré algunas pautas para abordar los comportamientos disruptivos en el aula.



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