“De todo quedaron tres cosas:
La certeza de que estaba siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir
La certeza de que sería interrumpido antes de terminar,
y hacer de la interrupción un camino nuevo
Hacer de la caída un paso de danza. Del miedo, una escalera.
Hacer del sueño un puente. De la búsqueda, un encuentro”
Fernando Pessoa

25 nov. 2017

La violencia contra la mujer

La normalización de la violencia con la hemos crecido muchas mujeres. Esa violencia que otras personas han validado, han consentido, incluso defendido, dejándonos solas, terriblemente solas ante lo violento y lo injusto.

Esa violencia que empiezas a notar cuando tu padre levanta la voz a tu madre, cuando empiezas a ser capaz de darte cuenta que ella limita sus actos para no llevarle la contraria, porque en casa se hace lo que él dice, y fuera de casa también.

Esa violencia que antes era indirecta y que ahora al llegar a ser una adolescente recae sobre ti, cuando te aisla de salir con las personas de tu edad, supuestamente, para protegerte. Esa violencia que te manifiesta cada vez que expresas tu propia opinión y te dice que estás equivocada. La violencia de no apoyar tus sueños o proyectos sólo porque no es el camino que él quiere que sigas, el que él ve correcto.

La violencia de tu madre, tus tías, tus tíos, tus familiares y entorno cercano, que validan todo eso, lo normalizan, le restan importancia, miran para otro lado, no ven o no quieren ver, cada acto y detalle machista que te está haciendo daño, que os está haciendo daño, que está limitando y quiere doblegar tu capacidad, tus derechos, a tí, porque eres mujer, porque él se siente débil y quiere sentirse necesario y poderoso. Porque es hijo de patriarcado, porque le hicieron daño y porque no ha querido sanar. No ha querido. Ha tenido oportunidades pero hay que ser valiente, para arreglarse a uno mismo, enfrentarse con los oscuros pasajeros que llevamos dentro.

Esa violencia de caminar por la calle y escuchar todo tipo de comentarios obscenos que hombres te dirigen, a veces encontrar el valor para volverte, responderles y que la gente te mire como si lo malo fuese tu reacción.

Esa violencia de salir de noche y tener que evitar calles oscuras, procurar que el taxi te deje justo en el portal y pedirle que espere hasta que entres, evitar discotecas y bares estrechos porque los hay que aprovechan para tocarte sin permiso.

Esa violencia de estar en un grupo de gente y ver como uno del grupo se propasa con otras chicas, llamarle la atención y que las personas presentes se rían restandole importancia.

La violencia de romper una relación y que te recriminen que seguro que hay otro, o que te cansas muy pronto, o que no eres estable, o que te controlen tus movimientos, o que lo que te pasa es que no sabes lo que quieres.

La violencia de que te digan que lo que necesitas es tener hijos, un marido y una familia. A tu edad.

La violencia de ir a trabajar y que hagan referencia a tu cuerpo, a tu cara, a tu belleza en lugar de al trabajo realizado.

La violencia de que te acosen sexualmente en un entorno laboral y te intenten convencer que fue una broma.

La violencia de escuchar y ver chistes y comentarios machistas a los que si censuras te tachan de aguafiestas, de falta de humor... la violencia de ver que ni tu padre, ni tu hermano, tíos, primos, dicen NO.

Violencia de ver como tu sobrina de 11 años se pasa el día con el musical.ly cantando y bailando con gestos sexualmente nada acordes para su edad, letras sobre modelos de relaciones dominantes hacia la mujer. Y violencia de intentar hacerle reflexionar pero notar la indiferencia alrededor.

Pero qué exagerada, si nada de esto es realmente violencia -piensan- tú no sabes lo que es violencia, tú no sabes lo que hay en otras familias, lo que sufren otras mujeres... tengamos la fiesta en paz, sigamos echando el rato, pasando el rato, no vayamos a parar la vida un segundo por un comentario, lo que hay que hacer es no darle importancia... Y ASÍ, ASÍ SEGUIMOS.

No frenamos la espiral de violencia que sigue y sigue creciendo. Y podemos pararlo en cada pequeño momento, gesto, comentario violento, sufrido o presenciado. Sólo hay que querer y partir de profundo respeto hacia las niñas, adolescentes y mujeres y sus derechos como personas.





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