“De todo quedaron tres cosas:
La certeza de que estaba siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir
La certeza de que sería interrumpido antes de terminar,
y hacer de la interrupción un camino nuevo
Hacer de la caída un paso de danza. Del miedo, una escalera.
Hacer del sueño un puente. De la búsqueda, un encuentro”
Fernando Pessoa

22 mar. 2012

El Coleccionista De Insultos


Cerca de Tokio vivía una gran samuray, ya anciano, que se dedicaba a enseñar el budismo a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que era capaz de vencer a cualquier adversario. Cierto día un guerrero conocido por si total falta de escrúpulos pasó por la casa del viejo. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: esperaba que el adversario hiciera su primer movimiento y, gracias a su inteligencia privilegiada para captar los errores, contraatacaba con velocidad fulminante. El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una batalla. Conociendo la reputación del viejo samuray, estaba allí para derrotarlo y aumentar aún más su fama. Los estudiantes de budismo que se encontraban presentes se manifestaron contra la idea, pero el anciano aceptó el desafío. Entonces fueron todos a la plaza de la ciudad, donde el joven empezó a provocar al viejo. Arrojó algunas piedras en su dirección, lo escupió en la cara y le gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a todos sus ancestros. Durante varias horas hizo todo lo posible para sacarlo de casillas, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, ya exhausto y humillado, el joven guerrero se retiró e la plaza.Decepcionados por el hecho de que su maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:

-¿Cómo ha podido soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usó su espada, aun sabiendo que podría perder la lucha, en vez de mostrase como un cobarde ante y todos nosotros?

El viejo samuray repuso:

- Si alguien se acerca a ti con un regalo y no lo aceptas, ¿a quién le pertenece el regalo? 

–Por supuesto, a quien intentó entregarlo.- Respondió uno de los discípulos

-Pues lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos –añadió el maestro-. 

Cuando no son aceptados, continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo. Nadie nos agrede o nos hace sentir mal: somos lo que decidimos cómo sentirnos. 


2 comentarios:

  1. Este cuento es fantástico. Lo he utilizado en muchas ocasiones con mis alumnos. ¡Cuánto nos cambiaría la vida sencillamente con aplicárnoslo!

    ResponderEliminar
  2. Me alegra escuchar que lo has usado con tus alumnos!! Nos hace reflexionar sobre algo importante y es cierto que a veces nos haría más fácil gestionar nuestras emociones. Gracias por tu aportación.

    ResponderEliminar